“Leonel les dijo que así, en lugar de ganar el 2028, solo contribuyen a echar a perder la esperanza del triunfo electoral” …Omar: “que las renuncias de dirigentes deben ser motivo de preocupación… porque también hay gente que se va de un partido por dignidad”.
“Cuando todos piensan igual, entonces alguien no está pensando.”
— George S. Patton
La Fuerza del Pueblo ha logrado colocarse como la principal opción opositora del país en un tiempo relativamente corto, con una fuerte conjunción de liderazgo nacional, implantación territorial, crecimiento organizativo y una expectativa de poder que forma parte del debate político hacia el 2028, pero precisamente por esa condición favorable está obligada a mirarse con mayor rigor, porque el poder no se conquista únicamente con encuestas favorables, juramentaciones o proclamas de victoria, sino con una organización capaz de leer el momento, corregir sus desviaciones y convertir cada advertencia en una oportunidad para fortalecerse.
En términos conceptuales, vocación de poder y triunfalismo suelen confundirse en la lucha política, pero representan fenómenos profundamente distintos. La primera expresa la voluntad organizada de conquistar y ejercer el poder mediante la acumulación de fuerzas, la construcción de liderazgos, la disciplina interna, la capacidad de autocrítica y la lectura correcta de la realidad, mientras el segundo aparece cuando una organización comienza a asumir como inevitable una victoria futura, sustituyendo el análisis por la complacencia y la percepción objetiva por la convicción de que el triunfo está asegurado.
Ambos fenómenos pueden producir efectos positivos en una organización política, porque la vocación de poder moviliza energías, fortalece la planificación estratégica y proyecta confianza hacia la sociedad, al tiempo que una dosis de entusiasmo triunfal puede mantener en alto la moral de la militancia y transmitir imagen de fortaleza ante un electorado que suele observar quién crece y quién parece tener condiciones reales de victoria, pero mientras la primera empuja a trabajar más y mejor, el segundo puede conducir al efecto contrario, debido a que reduce la capacidad de escuchar, debilita la autocrítica y termina confundiendo expectativas con realidades.
Por eso resultan particularmente significativas las recientes advertencias formuladas por Leonel Fernández y Omar Fernández en torno a las renuncias registradas en la Fuerza del Pueblo y a ciertas expresiones de triunfalismo prematuro dentro de la organización, pues aunque emplearon tonos diferentes, ambos colocaron el dedo en una misma llaga: una fuerza política que aspira a dirigir los destinos de la nación debe cuidarse tanto de los adversarios externos como de aquellas prácticas internas que pueden erosionar su propia fortaleza.
Pasar del triunfalismo a la vocación de poder implica sustituir la celebración anticipada por la organización consciente, la arrogancia por la humildad política y la autocomplacencia por el trabajo de campo, de modo que si Leonel y Omar han puesto el dedo en la llaga, ahora corresponde a la Fuerza del Pueblo decidir si asume la señal como una oportunidad de rectificación o si permite que el espejismo de la victoria nuble el camino real hacia el 2028.
Entre la moral de victoria y la ceguera interna
El entusiasmo por la posibilidad de triunfo puede convertirse en un activo político cuando dinamiza estructuras, levanta la moral de la militancia y ayuda a proyectar una imagen de crecimiento ante sectores indecisos, sin embargo, cuando esa energía se transforma en triunfalismo, la organización empieza a confundir simpatía con mayoría, crecimiento con consolidación, posicionamiento con victoria y expectativa de poder con poder ya conquistado.
Ahí comienza el riesgo mayor, porque la organización puede dejar de escuchar señales de inconformidad, minimizar advertencias razonables y convertir cualquier crítica en ruido molesto, al tiempo que algunos sectores de dirección media o territorial pueden comportarse como si el triunfo estuviera garantizado, cerrando espacios, bloqueando incorporaciones y tratando como intrusos a quienes desean trabajar políticamente en condiciones de respeto.
En esa dirección adquiere particular relevancia el “boche” de Leonel Fernández en la Dirección Política de la Fuerza del Pueblo, cuando habría advertido sobre actitudes de triunfalismo adelantado en muchos de los integrantes del máximo organismo de dirección, sin percibir que todavía faltan casi dos años para las elecciones, por lo que más que un simple “boche” interno, ese señalamiento toca un punto sensible de la construcción partidaria, porque una organización que aspira a ganar no puede permitir que algunos de sus propios dirigentes se conviertan en obstáculos para quienes quieren entrar, aportar o permanecer en ella.
Las renuncias como señal de alerta
En esa misma línea se inscriben las declaraciones de Omar Fernández, quien ha planteado que las renuncias recientes en la Fuerza del Pueblo deben mover a una profunda reflexión interna, apartándose de la respuesta fácil de atribuir toda salida a compra, traición o debilidad personal, para colocar el dedo en otra llaga: también hay dirigentes que se van porque no se sienten considerados, porque se cansan de luchar por un espacio o porque entienden que su dignidad ha sido afectada.
Ese planteamiento tiene un valor estratégico, porque en política no todas las renuncias tienen el mismo peso ni responden a las mismas causas, pero ninguna organización con verdadera vocación de poder debería despacharlas con ligereza, porque una cosa es no dramatizar cada salida individual y otra muy distinta es negarse a examinar si detrás de esas decisiones existe una acumulación de inconformidades, desconsideraciones, pugnas internas o métodos de dirección que terminan debilitando la cohesión partidaria.
Entre el llamado de Leonel contra el triunfalismo y la exhortación de Omar a la introspección frente a las renuncias, no hay una contradicción de fondo, sino una coincidencia estratégica, porque ambos mensajes apuntan hacia una misma necesidad: convertir la expectativa de triunfo en trabajo político serio, sumar voluntades, corregir errores, escuchar señales y evitar que quienes tienen la responsabilidad de abrir caminos terminen levantando murallas.
Conclusión (1): Un partido que aspira a dirigir los destinos de la nación tiene que sumar, no espantar, integrar, no excluir, abrir espacios, no cerrar caminos, porque cuando el trato partidario se vuelve humillante, cuando el compañero o compañera siente que lucha y no es tomado en cuenta, y cuando la estructura local o nacional bloquea más de lo que articula, el problema deja de ser simplemente disciplinario para convertirse en una expresión de cultura política.
Conclusión (2): Sugiere que el éxito de la Fuerza del Pueblo hacia el 2028 dependerá de su capacidad para sustituir cualquier asomo de arrogancia por trabajo de campo, humildad política, conexión territorial y vínculo emocional con un electorado cada vez más exigente. Solo una organización que logre sacudirse la embriaguez del optimismo desmedido, corregir a tiempo sus desviaciones internas y concentrar sus energías en acompañar las demandas reales de la población podrá convertir su actual expectativa de poder en una victoria políticamente sostenible.
of-am
Fuente original: AlMomento