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El negocio de la indignación

El negocio de la indignación

POR ENMANUEL ALMONTE POLANCO

¿Quién gana cuando vivimos ofendidos?

Vivimos en la única época de la historia en la que alguien puede ganar dinero con tu enojo sin conocerte siquiera. Cada noticia que compartes con rabia, cada comentario que escribes para demostrar que tienes la razón, cada respuesta cargada de molestia, alimenta a un sistema que aprende, con precisión quirúrgica, qué cosas te enfurecen.

He pasado más de dos décadas diagnosticando organizaciones y rediseñando procesos, y hay una lección que se repite en cada una: todo sistema termina produciendo aquello que premia. Si una empresa premia la velocidad, obtiene prisa; si premia el volumen, obtiene cantidad. Las plataformas digitales no son distintas. Están optimizadas para premiar lo que retiene tu mirada. Y pocas emociones retienen tanto como la ira.

Por eso no es casualidad que cada mañana amanezcas con un nuevo motivo para indignarte. Una declaración, una polémica, un video fuera de contexto. Siempre hay alguien dispuesto a venderte una razón fresca para enojarte. Lo verdaderamente peligroso es que puedes pasar horas convencido de que defiendes la verdad cuando, en realidad, solo engrasas una maquinaria que necesita mantenerte alterado para seguir siendo rentable.

Hasta aquí, el análisis es de mercado. Pero hay una pregunta que ningún informe de métricas se atreve a formular: si las plataformas ganan dinero con tu indignación, ¿quién gana —en un plano mucho más profundo— cuando un creyente vive permanentemente ofendido?

Porque existe una estrategia espiritual que muchos cristianos todavía no han comprendido. El enemigo de nuestras almas no siempre necesita apartarte de la fe; le basta con distraerte de tu misión. No tiene que sacarte de la iglesia, le es suficiente con mantenerte tan ocupado reaccionando que dejes de reflejar a Cristo.

Piénsalo. Jesús vivió rodeado de razones legítimas para indignarse. Roma era corrupta. Los líderes religiosos explotaban al pueblo. Había injusticia, hipocresía y abuso de poder en cada esquina. Y, sin embargo, nunca permitió que la indignación dirigiera su ministerio. Confrontó el pecado sin dejar jamás que el pecado definiera su corazón. Mientras todos esperaban un Mesías consumido por la ira, Dios envió un Salvador consumido por el amor.

La trampa

Ahí está la trampa más sutil de nuestra generación: hemos confundido el discernimiento con el enojo. Creemos que mientras más molestos estamos, más comprometidos estamos con la verdad. Pero la Escritura dice algo profundamente incómodo: «la ira del hombre no obra la justicia de Dios». Puedes ganar la discusión y perder el propósito. El objetivo del enemigo nunca fue que dejaras de hablar; es que hables tanto que dejes de parecerte a Aquel de quien hablas.

Y entonces ocurre lo más grave. Empezamos a ver adversarios donde antes veíamos almas, y dejamos de amar a quienes Cristo vino a rescatar. Pero seamos honestos, porque aquí el diagnóstico se vuelve personal: el problema de fondo no es solo que el mundo produzca gente ofendida, sino la facilidad con la que nuestro propio corazón responde a la ofensa.

Nos resulta más natural devolver la herida que ofrecer gracia, más fácil cancelar que perdonar. La indignación digital no creó esa inclinación; apenas encontró un mercado para explotarla.

Y es justo en ese punto donde el Evangelio deja de ser una teoría y se convierte en la única esperanza real. Hay una escena que nunca deja de confrontarme: mientras Jesús colgaba de la cruz, las voces a su alrededor repetían la misma consigna: «Baja de ahí. Demuestra quién eres. Respóndeles. Devuélveles lo que merecen».

Si lograban que reaccionara desde la ofensa, la historia de la redención terminaba allí mismo. Pero Él permaneció, no porque el dolor fuera pequeño, sino porque su amor era infinitamente más grande que la afrenta.

Ese es el corazón del cristianismo. No que existan personas fáciles de amar, sino que existe un Salvador capaz de entregar un corazón nuevo a quienes, por naturaleza, reaccionan con orgullo, resentimiento y venganza. Por eso la fe no comienza cuando aprendes a controlar tu carácter, sino cuando reconoces que necesitas un corazón nuevo. La salvación no es solo la promesa de un cielo futuro; es la transformación de tu naturaleza desde ahora.

Y quizás esa sea la evidencia más poderosa de una vida verdaderamente convertida. No que ganó todas las discusiones, ni que siempre tuvo la última palabra, sino que, pudiendo vivir ofendida, eligió vivir como alguien reconciliado con Dios. Porque quien ha sido alcanzado por la gracia deja de alimentarse de la indignación y comienza a anunciar la reconciliación.

Así que la próxima vez que una pantalla intente convencerte de que tu mayor responsabilidad es indignarte, hazte una pregunta más estratégica que cualquier titular: ¿esto me está formando a la imagen de Cristo, o simplemente me está entrenando para reaccionar como todos los demás?

El mundo no necesita más personas con opiniones; de eso hay abundancia. Dios sigue buscando hombres y mujeres cuyo corazón haya sido transformado por el Evangelio. Y esa transformación nunca la producirá un algoritmo. Solo la cruz de Cristo.

enmanuel.almonte@mversalsrl. com

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Fuente original: AlMomento

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