POR RAFAEL PASIAN
Juan Bosch solía decir que las guerras son la demostración más amarga del fracaso de la inteligencia humana. La reciente firma del acuerdo de paz entre Irán, Estados Unidos e Israel confirma esa verdad. Después de meses de destrucción y sufrimientos, las partes terminaron sentándose a negociar, demostrando que incluso los conflictos más violentos acaban donde debieron comenzar: alrededor de una mesa de conversaciones.
La paz llegó, pero dejó un mundo distinto.
Los ganadores
Ninguna guerra produce vencedores absolutos, pero algunos actores lograron obtener ventajas estratégicas.
Estados Unidos demostró nuevamente su enorme capacidad militar, aunque también comprobó que las bombas no pueden resolver por sí solas problemas políticos y religiosos profundamente arraigados.
Israel consiguió debilitar algunas capacidades militares de Irán, pero pagó un alto precio en términos de desgaste interno y aislamiento diplomático.
Irán, pese a sufrir importantes daños materiales y humanos, logró preservar parte de su influencia regional y consiguió importantes concesiones económicas dentro del acuerdo.
Sin embargo, los grandes beneficiarios indirectos fueron otros.
Rusia
Rusia emerge fortalecida. El aumento de los precios del petróleo favoreció sus ingresos energéticos y la atención internacional se desplazó parcialmente del conflicto en Ucrania. Moscú consolidó además su papel como potencia indispensable en los asuntos globales.
China
China actuó con prudencia y paciencia. Evitó involucrarse militarmente y reforzó su imagen como una potencia responsable y favorable a las soluciones diplomáticas. Pekín continúa expandiendo su influencia económica y política en Medio Oriente y en el Sur Global.
Los países exportadores de petróleo
Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y otros productores energéticos obtuvieron beneficios económicos gracias al aumento temporal de los precios del crudo.
Los perdedores
Los verdaderos perdedores fueron los pueblos.
Irán sufrió enormes pérdidas humanas y materiales. La reconstrucción de infraestructuras y de su economía requerirá años.
Israel experimentó un incremento de la inseguridad y de las divisiones políticas internas.
Estados Unidos volvió a enfrentar críticas internacionales y profundizó las tensiones políticas dentro de su propia sociedad.
Europa fue probablemente una de las regiones más afectadas. La dependencia energética y las interrupciones comerciales pusieron de manifiesto la fragilidad estratégica del continente.
E l Tercer Mundo: el que siempre paga la factura
Como ha ocurrido tantas veces en la historia, las grandes potencias libraron la guerra, pero las naciones pobres terminaron pagando las consecuencias.
África, América Latina y gran parte de Asia sufrieron:
* Incrementos en los precios del petróleo.
* Aumento del costo de los alimentos.
* Presiones inflacionarias.
* Mayores gastos de transporte y comercio.
* Aumento del endeudamiento.
Los países más pobres, que no participaron en la guerra, volvieron a ser víctimas indirectas de decisiones tomadas lejos de sus fronteras.
La República Dominicana y los efectos del conflicto
La República Dominicana no estuvo en la guerra, pero tampoco escapó de sus consecuencias.
El aumento de los precios de los combustibles elevó los costos del transporte y de numerosos productos importados. La inflación afectó especialmente a los sectores de menores ingresos.
La incertidumbre internacional representó un desafío para el turismo y para la estabilidad económica del Caribe.
Sin embargo, las remesas enviadas por millones de dominicanos residentes en el exterior y la relativa diversificación de la economía permitieron amortiguar parte de los efectos negativos.
La principal lección para la República Dominicana es que, en un mundo globalizado, ningún país puede considerarse aislado de las grandes crisis internacionales.
El nuevo equilibrio internacional
Esta guerra aceleró una transformación que ya estaba en marcha.
Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar del planeta, pero ya no es la única fuerza determinante.
Rusia ha recuperado parte de la influencia perdida tras el finl de la Guerra Fría.
China se consolida como la gran potencia económica y diplomática del siglo XXI.
Europa sigue siendo una potencia económica, pero continúa mostrando una dependencia estratégica considerable respecto a Washington.
El mundo se encamina cada vez más hacia un sistema multipolar, donde varias potencias comparten influencia y ninguna puede imponer por sí sola su voluntad al resto del planeta.
Juan Bosch enseñó que los pueblos no progresan con misiles, sino con escuelas; no con portaaviones, sino con hospitales; no con guerras, sino con justicia social.
La guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel vuelve a recordarnos esa verdad.
Ningún niño iraní, israelí o estadounidense nació para odiar a otro niño.
Ningún campesino dominicano, ningún obrero africano y ningún trabajador latinoamericano obtiene beneficio alguno de las guerras lejanas. Al contrario, terminan pagando con inflación, incertidumbre y mayores desigualdades.
La verdadera victoria no pertenece a quien destruye más, sino a quien logra preservar la dignidad humana y construir puentes entre las naciones.
Porque al final de la historia, las guerras son siempre una derrota de la civilización, mientras que la paz, por imperfecta que sea, constituye la más noble de las victorias.
of-am
Fuente original: AlMomento